Mis 4 hombres

Por  Dania Ferro  |  Sábado, 10 Enero 2015
Vivo sola porque mis estados de ánimos son variables, y digamos que a veces insoportables.

Vivo sola porque mis estados de ánimos son variables, y digamos que a veces insoportables.  Dania Ferro

Cuatro hombres son dueños de mi vida. No vivo con ninguno.

Cuatro hombres son dueños de mi vida. No vivo con ninguno. Vivo sola porque mis estados de ánimos son variables, y digamos que a veces insoportables. Y es mejor que sea así. Ellos en su casa y yo en la mía. Sin compromisos, sin ataduras. Mi salud mental está deteriorada. Soy bipolar. Tomo pastillas para la depresión, para la ansiedad, para dormir. Tomo pastillas para prevenir todos los dolores que existen en este mundo sin necesidad de que los padezca.

Veo a mis hombres cuando tengo ganas, cuando los necesito. Uno es romántico en extremo. Me besa despacio y delicado. Llena mis oídos y mis días de amor. Me escribe cartas hermosas. Me envía flores. Sus detalles me sorprenden, me hace creer que el amor existe. Con él me siento como la protagonista afortunada, de la película más romántica del mundo. Nuestros encuentros son apasionados. Sus ojos me miran con ese brillo de adolescente enamorado. Hacemos el amor en lugares increíblemente hermosos.

Vive repitiéndome que soy el amor de su vida; la única mujer que existe para él, la más hermosa. Con él vivo las horas más tiernas e intensas de mi vida; todo resulta profundo e inolvidable. El me inspira, me hace volar y soñar. Posee esa parte espiritual que tanto necesito para sentirme viva y en las nubes. A este hombre yo le creo todo. Me siento segura, amada. Él es: el amor de mi corazón. El segundo es hermoso. Es mi prototipo de hombre, alto, fuerte, rubio, tiene ojos azules.

Caminar con él de la mano es un exagerado derroche de belleza, elegancia y orgullo. A su lado me siento una mujer dichosa. Hacemos una pareja envidiable. Lo miro y lo miro y soy débil como para dejar de mirarlo. Es el  hombre que siempre le pedí a Dios para presumírselo a mis amigas, para exhibir las fotos de nuestra boda, tener hijos y mostrarlo como marido. Nuestros encuentros son un torneo de piropos. Cuando lo tengo ante mí, mis halagos se disparan sin contenerse. Me gusta mucho, me fascina. Puedo pasar horas observándolo. Parece un hombre de portada de revista. Él es: el amor de mis ojos.El tercero tiene muchísimo dinero. El apartamento en el que vivo, él me lo compró. Me paga el servicio doméstico. El auto que manejo, él me lo regaló.

Todas las tarjetas de crédito que uso, él me las proporciona. Ha pagado todos mis viajes alrededor del mundo. Complace todos mis caprichos. Con él he conocido los mejores hoteles y  restaurantes del mundo. Hemos ido a los eventos más prestigiosos. Mis vestidos son los más caros. Parte de mi familia vive de sus remesas. No es lindo, ni desmedidamente romántico. Es generoso, espléndido, caballeroso. Es el hombre que soñé para vivir una vida despreocupada, sin problemas económicos. Solo tengo que abrir “mi boquita de fresa” como él me dice con cariño y pedirle con amor lo que yo quiera y él se encarga del resto. Nuestros encuentros son lujosos, como un sueño perfecto en el que pareciera que nada falta… Me encanta la vida de reina que me da, disfruto sus comodidades, sus regalos, adoro lo mucho que me consiente.

Con él puedo tener la vida que siempre quise. Es el hombre que mi madre siempre quiso que yo encontrara y mantuviera. Él es: el amor que me pide mi cerebro.El cuarto no es romántico, ni lindo, ni tiene dinero, pero es el hombre de mi cama; el deseo de mi cuerpo y la perdición de mis sentidos. Sus besos hacen perder mi razón. Sus manos encienden mi cuerpo. Tiene una lengua mágica. Hacer el amor con él es asegurar orgasmos deliciosos y estremecedores. Con el puedo tenerlos hasta por teléfono. Sexualmente me hace tocar el cielo. Me saca las lágrimas de tanto placer que me proporciona. Nuestros encuentros son ardientes. Mirándole a la cara, deseo hacer el amor donde quiera, y a cualquier hora. Nunca tengo sueño, ni estoy cansada,  estoy  dispuesta, no tengo excusas. Mis ansias lo reclaman a gritos. Verlo es imaginarlo desnudo, tendido en una cama. Lo anhelo en mis madrugadas.

 

Me excito imaginando sus movimientos, viendo sus fotografías.  Este último es: el amor de mi vagina. Ninguno sabe de la existencia del otro. La honestidad no es parte de mis mejores virtudes. Soy incapaz de decidirme porque  para ser completamente feliz  necesitaría dos cosas: tener todo en uno, o mantenerlos a los cuatro conmigo.